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Revista Digital

Consumo Responsable
Jueves, 10 Marzo 2016 01:28

El consumo como acto de responsabilidad

Principios de un mercado social Principios de un mercado social Mundo Leal - YouTube
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Consumo responsable es un concepto que puede ser abordado desde criterios sociales y medioambientales. El respeto de los derechos humanos, laborales y sociales en todas las fases del proceso de fabricación del producto consumido es un requisito para un acto de consumo como ejercicio de responsabilidad. Por otra parte, la situación del planeta necesita de forma inmediata un cambio en los hábitos de consumo, ajustándolos a necesidades reales, y optando en el mercado por opciones que favorezcan la conservación del ecosistema. ¿Qué aspectos se pueden tener en cuenta?

Un papel más activo de quien realiza el acto de consumir un producto o servicio está en la genética del consumo responsable. Conocer toda la ruta del producto, desde que es materia prima hasta llegar, como algo elaborado y comercializable, a la fase de distribución y venta es por donde se inicia este ejercicio de responsabilidad. El objetivo es poder comprobar que todo el proceso se ha realizado bajo el respeto de los derechos humanos y sociales y al medio ambiente.

Para ello, en primer lugar, es necesario recabar información sobre las condiciones laborales de las personas que realizan el proceso de transformación y distribución. No sólo en cuanto al salario, sino a derechos tales como la posibilidad de formar parte de un sindicato, promoción de la igualdad entre trabajadores y trabajadoras o la erradicación de la mano de obra infantil.

La sostenibilidad ambiental se puede considerar desde un punto de vista local, como las consecuencias sobre el entorno donde se realiza la actividad productiva. Pero también global, como el rastro de recursos consumidos y contaminación generada en todo el proceso, conocido como 'huella ecológica'. Y, aunque es difícil poder determinarla de forma exacta, hay cuestiones que están dentro de la lógica. Por ejemplo, si consumimos productos fabricados lejos de donde los adquirimos, el combustible utilizado para que lleguen hasta nosotros es mayor y, por tanto, el consumo de recursos y los desechos generados también.

Además de los laborales y medioambientales, hay aspectos de un calado más social, como el impacto que tiene sobre comunidades locales la utilización de las materias primas de su entorno o que se instale una gran fábrica cerca de sus puntos de extracción. Más allá de la degradación ambiental que pueda suponer determinados tipos de explotaciones, el impacto social puede resultar determinante en el devenir de muchos grupos humanos. Lo usual es que se transformen las relaciones sociales tradicionales de estas comunidades, por otras basadas en el poder económico, en cuanto a mayor o menor cercanía a los medios de producción y a su propiedad. Nuevas élites o reforzamiento de las tradicionales, mayores desigualdades y la generación de hábitos de consumo o de falsas necesidades, suelen ser algunas consecuencias de estos procesos de relocalización.

Estas consecuencias y el concepto de consumo responsable como opuesto al de hiperconsumo, que es el que define a las sociedades capitalistas actuales, son diseccionadas por la Organización de Estados Iberoamericanos: "El actual hiperconsumo de los países desarrollados responde a comportamientos depredadores, con la utilización por parte de muy pocas generaciones, en muy pocos países, de tantos recursos como los usados por el resto de la humanidad presente y pasada a lo largo de toda la historia y prehistoria... y eso no puede continuar. Hay que poner fin a la presión, guiada por la búsqueda de beneficios particulares a corto plazo, para estimular el consumo: una publicidad agresiva se dedica a crear necesidades o a estimular modas efímeras, reduciendo la durabilidad de los productos y promocionando productos de alto impacto ecológico por su elevado consumo energético o efectos contaminantes".

La alimentación, como necesidad vital inexcusable y con un componente cultural que va más allá de ser una simple área de consumo, ha desarrollado en su seno gran parte de las iniciativas que ponen en común de forma directa y horizontal a productores, distribuidores y consumidores para transformar los esquemas de las relaciones comerciales heredadas de la Revolución Industrial. Como un aliado en este proceso se han presentado las herramientas digitales, pilar de la sociedad de la información y que ha ido atesorando toda esta inteligencia colectiva, ya no sólo como objetos de consumo, sino como aliados en la actividad productiva. Ambas conforman las dos áreas donde las relaciones económicas alternativas se están materializando en un mayor número de iniciativas. No es de extrañar, ya que son protagonistas en el mundo del siglo XXI, con necesidades alimentarias masivas y con un flujo de información constante. Muchas comunidades, físicas o virtuales, ponen el acento en unas formas de interrelación horizontales necesarias para un comercio humano y sostenible.

Consumo digital, no sólo virtual.

El software puede definirse como un producto como cualquier otro; una app o un videojuego, por ejemplo. Pero también pueden es una parte cada vez más importante de cualquier proceso productivo actual y, por ello, los productos o servicios que se desarrollen a partir de herramientas informáticas, también deben tener en cuenta, para cerrar el círculo del consumo responsable, que estas herramientas hayan sido creadas dentro de ciertos parámetros. Por ejemplo, dentro de los conceptos de software libre, código abierto y que posean licencias de libre distribución entre iguales. Un ejemplo son las licencias Públicas Generales de GNU, más conocidas como GNU/GPL.

En cuanto a los dispositivos digitales, aprovechar la vida útil de las herramientas tecnológicas y reciclarlas cuando ésta termina sigue siendo fundamental. También reducir el consumo energético, apagando la WiFi o el móvil cuando no se usen. Los materiales con los que han sido construidos son un elemento fundamental a tener en cuenta, no sólo desde el punto de vista de la sostenibilidad, por su eficiencia energética o por su capacidad para ser reutilizados, sino porque algunos pueden estar financiando el atropello de los derechos humanos en países empobrecidos.

El "coltán de sangre" puede ser un ejemplo que ilustre de forma cruda el concepto de responsabilidad en el consumo. Se trata de un mineral muy utilizado en microelectrónica, telecomunicaciones y en la industria aeroespacial. La mayoría de smartphones y portátiles llevan coltán. A finales del siglo XX comenzó a sustituir al silicio y a otros materiales en la fabricación de componentes electrónicos. Esta materia prima se encuentra, principalmente, en la República Democrática del Congo, que posee alrededor del 80% de las reservas mundiales estimadas de coltán. En 1998 estallaba una guerra por estas reservas que terminaba formalmente en 2003. Desde entonces, diferentes grupos armados han intentado conseguir o mantener el control sobre su explotación en el país africano. El coste: 4 millones de vidas humanas y un país que posee la mayor parte de un recurso vital para la industria de la sociedad de la información, cada vez más empobrecido.

La cesta de la compra

En la sostenibilidad medioambiental de todo proceso de fabricación y distribución del producto juega un papel muy importante su procedencia local o cercana. Para los productos que tienen que ser importados, es necesario para un ejercicio de consumo responsable recabar información acerca de qué porcentaje del coste total recibe el productor y conocer bajo qué condiciones de trabajo se realiza, para asegurarnos que se encuentra bajo las normas éticas del comercio justo. Para poder hacer todo esto, lo primero es la trazabilidad. Es decir, que la persona que adquiere un producto pueda conocer todo el recorrido y la huella ecológica y social que deja el producto desde las materias primas hasta que sale de la tienda

Además del producto en sí, el lugar donde se adquiere es otro elemento a tener en cuenta y podemos aplicarles muchos de los criterios que hemos ido mencionando. De hecho, hay comercios que, respetando determinados criterios éticos, sociales y medioambientales, apuestan por ofrecer solamente productos que sean locales, para que el consumidor sea partícipe de todo el proceso, artesanos, ecológicos, es decir, sin químicos ni transgénicos, o de comercio justo. Hay algunos ejemplos en nuestra comunidad que han tomado forma de mercados sociales. La Tejedora fue el primero en tener sede física en Andalucía, abriendo sus puertas en diciembre de 2011, en Córdoba. En Granada está el Mercao Social y Cultural; en Sevilla, Casa Cornelio y el Mercao Social La Rendija. Existen, además, otros mercados de carácter efímero, promovidos por redes locales de economía social. En REAS, la Red de Economía Alternativa y Solidaria, se puede encontrar un recurso para conocer estas iniciativas de un modo más detallado.

Como forma de consolidar la apuesta por modelos de relaciones comerciales alternativos, la monedas sociales han proliferado como una respuesta local a la política económica internacional, financiera y cortoplacista, que condujo a la crisis. En Andalucía se han desarrollado la Pita en Almería, el Choquito en Huelva, el Chavico en Granada y el Puma en Sevilla.

Son reflejos de cómo se están llevando a la práctica iniciativas para poner al ser humano y al medio ambiente por encima de la rentabilidad financiera a corto plazo y que las relaciones no sean tan verticales, entre productores y consumidores, si no más equilibradas. Que tanto quien produce, como quien vende y quien compra se sitúen en un mismo plano y sean copartícipes de un proceso horizontal de relaciones comerciales.