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Revista Digital

Frontera Sur
Miércoles, 24 Junio 2015 12:05

Gonzalo Guerrero, un onubense padre del mestizaje maya

Estatua a Gonzalo Guerrero en México. Estatua a Gonzalo Guerrero en México. Andalucía Diversa
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Cuentan los historiadores que el 13 de agosto del año de nuestro Señor de 1536 murió en Honduras Gonzalo Guerrero, mientras capitaneaba al pueblo maya contra el ataque del conquistador español Pedro de Alvarado.

La figura de Guerrero, nacido a finales del siglo XV en Palos de Frontera ha sido olvidada y vilipendiada por la historiografía hispana y fue recuperada a partir de la independencia mexicana como el símbolo del mestizaje mientras en nuestro país se dibujaba como la perfecta figura del traidor "a la cultura, al rey y a Dios". En la edición de esta semana en Andalucía Diversa cedemos nuestros espacio a Salvador Campos, profesor de la Universidad de Huelva, que analizará el tratamiento que la historia ha dado a este personaje.

Hasta que Hernán Cortés, en 1519, costea la península de Yucatán rumbo al imperio azteca, nada se sabe de Gonzalo Guerrero. Sólo muchos años después, hacia la mitad del siglo, se empiezan a escribir las crónicas que cuentan su vida entre los mayas. Ignorado y culpado por la Historia durante siglos, hoy en México se considera el Padre del mestizaje, el primer español que, por amor, unió su sangre a la de una mujer indígena para dar origen a la nueva raza mestiza.

Gonzalo Guerrero, andaluz diverso por Salvador Campos Jara

Sale de las páginas de la Historia el misterio del náufrago andaluz Gonzalo Guerrero, arrojado a las costas de Yucatán en 1512 y superviviente de mil peligros y aventuras: como marinero palermo primero y como guerrero maya después. Abandonado, temido y culpado al principio, rescatado, admirado y proclamado, más tarde, este choquero yucateco es el auténtico arquetipo del occidental que se integra en una cultura indígena hasta sus últimas consecuencias: su historia es, por ejemplo, la de Un hombre llamado caballo, Bailando con lobos, El último samurai o Avatar: la llegada traumática a un mundo desconocido, el instinto de sobrevivir, la progresiva integración... el momento, el momento en que se sabe que ya no hay vuelta atrás y se decide permanecer para siempre “del otro lado”.

Pero ¿por qué?, se preguntaron desde el principio los cronistas -y nos podíamos seguir preguntando nosotros todavía-, ¿por qué uno decide un día no volver con “los suyos” y olvida sus convicciones, sus militancias?, ¿por qué en vez de unirse a las tropas de Hernán Cortés, primero, y Francisco de Montejo después, prefirió Gonzalo quedarse con los indios...? Dicen que casado y con hijos, y que tatuado como los mayas guerreros, y que haciendo la guerra contra sus excompatriotas... ¿Por qué?, se interrogaron con asombro los primeros historiadores: por vergüenza, escribieron, por vergüenza de que los españoles lo vieran tatuado y con las orejas, la nariz y la lengua perforadas como los idólatras, o por “vicio de la mujer y amor de los hijos”, o porque tendría miedo a ser castigado por traidor, pues se le culpaba de organizar la resistencia indígena a la conquista hispana..., o por todo junto, qué caray, por pura infamia del individuo... Intentaron explicar la insólita decisión del personaje, sí, pero sobre todo lo utilizaron para justificar la rebeldía de los yucatecos y el sonado fracaso del conquistador y adelantado de aquellos territorios, el salmantino Francisco de Montejo. Eso es, en suma, lo que hasta hoy nos deja leer la Historia entre las líneas del misterio de Gonzalo Guerrero.

Por eso la pregunta sigue sin respuesta, ¿por qué?, ¿por qué el marinerito de Huelva renunciaría a ayudar a sus paisanos conquistadores prefiriendo quedarse y defender a su familia y sus amigos mayas? ¿Quizás por el desprecio del “honor” y la “virtud” y una lujuriosa entrega al placer y a la vida fácil y regalada? ¿O por una íntima disidencia con la causa conquistadora y el repentino descubrimiento de una cultura de valores superiores, más elevada etc.? ¿O, acaso, sencillamente por haber tenido un pasado oscuro y miserable y encontrar, de pronto, después de mil azares, una vida digna y feliz? ¿Sencillamente por pura desesperación, por mera locura...? ¿Quizás, simplemente, por amor? Hagan ustedes sus apuestas, sus propuestas, pues la pregunta sigue sin responder: ¿Por qué, Gonzalo Guerrero?