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Miércoles, 13 Enero 2016 11:22

Otros conflictos armados entre españoles: la Fitna musulmana y las Guerras Carlistas

Abrazo de Vergara Abrazo de Vergara Blog Historia (Raúl Toledo)
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Nuestra intención siempre ha sido abordar cualesquiera que fueran los temas que se proponían en este monográfico, desde un punto de vista histórico, para hallar en los acontecimientos del pasado, algún viso de luz que nos ayudara a comprender el presente y a tomar las mejores decisiones en el futuro. Sin embargo, como bien sabemos, la historia está repleta de hechos que nos gustaría borrar, entre ellos, para todos destacan los referidos a los conflictos bélicos entre compatriotas, la negra historia de nuestras guerras civiles.

Esta semana abordamos la dolorosa tarea de intentar comprender, echando la vista atrás, cómo se han producido estos conflictos y, algo más gratificante, cómo se resolvieron y se dio un paso adelante en la convivencia entre españoles. Para ello, y puesto que en este artículo nos es imposible abarcar cada uno de los matices y la larga historia de los enfrentamientos que hemos padecido, hemos seleccionado dos que contienen en su esencia un pequeño resumen de nuestra historia: la Fitna musulmana y las guerras carlistas. 

Fitna en Al-Andalus (1009-1031)

A finales del siglo X, el verdadero poder en Al-Andalus se concentraba lejos del califa, el niño Hisham II, cuyo pacto entre su madre Subh y Al-Mansur (Almanzor) había depositado en las manos del chambelán todo el poder político del Califato.
Esta situación se agravó con el acercamiento a la ortodoxia religiosa por parte de Almanzor para hacerse con el favor de los alfaquíes, y con la consecución de victorias contra los cristianos del visir.

Así, bajo la dinastía oficial de los Omeya que ostentaban nominalmente el califato, se instauró una suerte de gobierno hereditario del linaje de Al-Mansur, que mantuvieron maniatados a los califas hasta el derrocamiento de Abderramán Sanchuelo (hijo de Almanzor) en el año 1009. Y fue en aquel caldo de cultivo, con constantes luchas internas, junto al descontento generalizado de la población por la constante presión impositiva, imprescindible para sufragar las guerras contra los cristianos en el norte, lo que provocó el estallido de diversas revoluciones entre la población cordobesa, a la que se unió la inestabilidad política, hasta el punto de que durante aquel periodo se sucedieron 10 califas, que apenas soportaban en el mejor de los casos unos años al frente del califato.

Aquello provocó una paulatina disgregación hasta que finalmente en Málaga, la familia de los Banu Hamud, se autoproclaman califas y marchan sobre Córdoba. Aquel paso sería el abono para que, cuando en 1031 las élites cordobesas deroguen definitivamente el califato, otros reyezuelos fueran proclamándose paulatinamente califas en sus territorios, naciendo de esta manera los reinos taifas, una suerte de entidades políticas pequeñas disgregadas por el territorio que años atrás estuvo bajo el control del califato, y que continuaron con sus reyertas, acudiendo en muchas ocasiones a pedir ayuda a los reinos cristianos, y dando aliento a éstos al relajarles la presión fiscal y mostrarles las dificultades que sobrevenían en el territorio peninsular bajo el control musulmán.

Tenemos pues como primera consecuencia de este gran enfrentamiento interno, la disgregación de una entidad política, el califato, que durante siglos fue la más poderosa de la Península, y uno de los focos culturales más importantes de la época en toda Europa. Todo ello finalizaría debido a una nefasta gestión política, más fundamentada en la acumulación de poder personal, que en el gobierno para la gloria de Al-Andalus. Podemos sacar por tanto un primer dato que nos puede servir para el análisis de estos enfrentamientos entre hermanos. En el caso de la Fitna musulmana provocó el final de un periodo de grandeza, si bien debemos ser cautos en su análisis, pero indudablemente el califato supuso para los musulmanes en la Península un periodo de esplendor, mientras que el periodo posterior a la Guerra Civil (Fitna) fue el inicio de su caída, y el comienzo de la supremacía de los reinos cristianos del norte.

Guerras Carlistas

Nueve siglos más tarde, después de muchos enfrentamientos internos e incluso una Guerra de Sucesión en la que se enfrentaron los partidarios de los Borbones contra los partidarios de los Austria, nos encontramos con otro referente en los enfrentamientos entre españoles. Nos referimos a las Guerras Carlistas, las ocasionadas por una parte de la sociedad que se negaba a asumir la imperiosa necesidad de la nación de evolucionar con los tiempos, abandonando las estructuras políticas, económicas y sociales de los siglos anteriores.

Sin embargo, al grito de Patria y Religión, y con la excusa de la derogación de la Ley Sálica (que se instauró en España con la llegada de los Borbones e impedían reinar a las mujeres), un buen número de combatientes en el País Vasco y Navarra, y en la zona del Mayorazgo en el Levante, se levantaron en armas en el año 1833 para acabar con el reinado de Isabel II, entonces una niña, y la regencia de María Cristina.

Fue aquella una guerra que tuvo un efecto asimétrico en el territorio. Mientras que en los focos en los que se produjeron los levantamientos se vivió con todo el fragor de la batalla, en los centros políticos como Madrid y Barcelona su efecto fue más político que militar, y se medía relacionado con la construcción del estado liberal al que habían empujado a la regente María Cristina a cambio de conseguir el apoyo del ejército, en aquel momento en su mayoría liberal y partidario de las reformas.

Sin entrar a valorar los pormenores en la evolución de esta contienda, nos quedamos con la forma en la que se alcanzó la paz, simbolizada por el Abrazo de Vergara, entre los dos generales que entonces ostentaban el mando de las respectivas tropas: Espartero en el lado liberal, y Maroto en la facción carlista.

Destacamos igualmente que la firma de la paz supuso un verdadero acto de generosidad por parte de los liberales, ya que se perdonó a los miembros de la tropa carlistas, llegando a integrar a los oficiales en el ejército liberal para de esta forma evitar un nuevo alzamiento. Es igualmente importante el papel que tuvo la Iglesia en toda la contienda, siendo una de las principales instigadoras de este enfrentamiento entre españoles con el único objetivo de mantener las prebendas y privilegios que el estado liberal estaba comenzando a amenazar con las desamortizaciones, especialmente la impulsada por Mendizábal durante estos años y que supuso la pérdida de un buen número de posesiones eclesiásticas.

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