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Revista Digital

Omega
Miércoles, 02 Noviembre 2016 16:06

Omega y el átomo de carbono

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Omega es la vigésima cuarta letra del alfabeto, pero para el imaginario colectivo, este símbolo es mucho más, un icono que, bien por asimilación cultural o por otros motivos mucho más profundos que no nos atrevemos a enumerar, aparece reconocible en los sitios más insospechados, y desde luego su localización, al menos a nosotros, nos ha abierto las puertas de la imaginación de par en par. Acompáñennos en este pequeño viaje junto al Omega...

Comenzamos en los aspectos más obvios que pueden encontrar haciendo una simple búsqueda en Internet: "Su forma recuerda a una O abierta por abajo Ω. Fonéticamente se pronuncia como una O larga de apertura media. Su nombre literal es O grande, que se contrapone al de la letra ómicron... que en griego antiguo se pronunciaba como una O breve cerrada".

Igualmente podríamos referirnos a la reconocida referencia a Jesucristo en Apocalipsis 22:13 "Yo soy el alfa y el omega, el primero y el último, el principio y el fin". Y así, como el que no quiere la cosa podríamos volver al mundo físico para ver que el letra omega en minúscula ω, como mucha de las letras griegas, es usada como símbolo en el mundo de la física, las matemáticas, las telecomunicaciones, la electricidad o la bioquímica. ¿Quién no ha escuchado en alguna ocasión los beneficios para nuestra salud de los ácidos Omega 3? Aunque realmente, no muchas personas sabemos que ese ácido graso se denomina de tal manera porque "se cuentan tres átomos de carbono desde el final de la cadena antes del doble enlace correspondiente". 

Podríais estar pensando que hasta aquí tampoco hay mucha sorpresa. Pero, es ahora cuando empieza lo bueno, y para ello vamos a quedarnos con esta referencia a los átomos de carbono. Omega 3, la cuenta de tres átomos de la base de la vida en nuestro planeta, pareciera que cada uno de esos átomos fuera un omega, que de alguna forma el carbono, fuera el omega de aquella referencia mística cristiana, cuando realmente es el alfa de la vida en La Tierra tal y como la conocemos.

Intentando profundizar en esta idea, que ya nos parecía peregrina, más fruto de la ciencia ficción que de la realidad científica que siempre pretendemos y no siempre conseguimos divulgar, nos encontramos con una teoría, que ataca en su corazón el enfrentamiento entre ciencia y espiritualidad, y sea por aportar un poco de misterio a la ya mística edición de esta semana, hemos querido recuperarla para incitar a la imaginación.

El artículo Spiritual Secrets in the Carbon Atom, publicado en el número digital Issue 11 de la revista Knowledge of Reality, comienza con una referencia a los conocimientos de la Civilización Védica sobre la teoría atómica y, hace un resumen de la evolución de las teorías occidentales hasta llegar al actual modelo para describir un electrón, que enumera nubes de probabilidades que representan áreas donde los electrones pasan la mayoría del tiempo. Y es aquí, en la forma que dejan esas nubes, esos espacios en los que los electrones pasan la mayor parte del tiempo, donde encontramos la sorprendente teoría.

Según este artículo, en el caso del átomo de carbono, los electrones ocupan cuatro nubes en forma de lágrima, y en cada una de esas nubes, existen espacios que los electrones privilegian, dejando alrededor de su superficie un rastro en espiral. Pues bien, observados esos movimientos desde distintos ángulos aparece la figura de un alfa tridimensional y ese mismo espacio observado desde otro ángulo el símbolo alfa se veía plano, pasando a ser un omega bidimensional. No queda ahí la sorpresa, ya que esta interpretación en la que nos hemos fijado se reproduce con los símbolos de Ganesha (Omkara y la Swástica), una de las deidades indias que más se han identificado con el Cristo.

carbon 02

A partir de aquí, la teoría que fue desarrollada por un místico indio y sus discípulos se centra en resolver el eterno dilema entre espíritu y materia. Alfa se convertiría en la referencia espiritual, dejando a omega el aspecto material, el carbono como base de la vida. De esta forma la presencia de símbolos reconocibles de ambas civilizaciones, sería la prueba irrefutable de que la materia es una manifestación de una conciencia divina que desde ángulos diferentes intentan abarcar todas las religiones, y supuestamente ha sido experimentada por místicos y santos de todos las latitudes del planeta a lo largo de la historia.

O bien podría ser, que una vez más y como suele hacer, nuestro ojo y también el del místico hindú y sus discípulos, nos engañan dejando una prueba irrefutable de que vemos lo que quiere ver. Y que un indio influenciado por la cultura occidental, como un católico que comienza a conocer los misterios de oriente, pueden identificar en el corazón mismo del elemento de la vida, símbolos que les muestran que sus dioses existen. Simplemente, el rastro de una nube...