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Revista Digital

Prostitución
Martes, 17 Junio 2014 18:37

Mujeres de la vida alegre en la Sevilla del siglo XVI

Los Proxenetas Los Proxenetas Dick van Baburen. 1622
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En la Sevilla del siglo XVII el trabajo sexual, aunque pecaminoso, era visto como un mal menor pero necesario para calmar el apetito carnal masculino. A lo largo de aquella y las posteriores centurias, la permisividad y la segregación del trabajo sexual convivirían en una ciudad en la que las rameras eran vistas como un mal menor que podría evitar males mayores.

En la capital Hispalense la prostitución era tolerada pero apartada a lugares simbólicamente fuera de la ciudad. La mancebía sevillana se encontraba aproximadamente en la zona del puerto, simbólicamente colocada extramuros para alejarla del centro neurálgico urbano y de esta manera, hacerla menos visible y segregarla. La zona de los burdeles en Sevilla se encontraba en un lugar conocido como el “Compás de la mancebía,” que se encontraba aproximadamente en la zona de la Plaza Molviedro, Calle Castelar y Gamazo, escondido tras una muralla que lo tapaba y ocultaba ante las miradas puritanas del resto de la ciudad.

La Mancebía era la única zona en la que no solo se podían solicitar los servicios de una meretriz, sino que además era el único lugar en el que éstas podían ejercer su trabajo de manera legal y siempre hubo un cierto interés por mantenerlas, aunque fuera solamente de forma teórica, alejadas del centro de la ciudad y así tenerlas controladas; hubo de hecho varios intentos de desalojar las zonas de los burdeles del puerto sevillano. No en vano, desde el siglo XIII se fueron sucediendo diversas disposiciones legales para aislar las mancebías de los lugares en los que se desarrollaba la vida ordinaria y concretamente en julio de 1426, el Ayuntamiento hispalense ordenaría cercar la zona de los burdeles con una muralla que simbólicamente lo aislaba pero lo marcaba más todavía con respecto al resto de lugares.

En centurias posteriores se sucederían los intentos por trasladar los burdeles a otros lugarles, desalojarlos o controlar su trabajo en fechas tradicionalmente santas como el Corpus Christi o Semana Santa en las que, curiosamente, el número de prostitutas aumentaba al trasladarse a la ciudad numerosas mujeres de poblaciones aledañas. Finalmente, se consintió que los prostíbulos permaneciesen cerrados durante las fiestas de guardar.

La permisividad social con el trabajo sexual unida a esa especie de ocultación del fenómeno, se relacionaba mucho con la moralidad vigente de la época y de la que aun hoy podemos encontrar reductos. Teólogos como Tomás de Aquino jerarquizaban lo pecaminoso de la lujuria en función de si se buscaba o no el placer, siendo la persecución de éste pecado mortal; la aceptación pecado venial y si lo que causaba esta necesidad era repulsión, entonces no era pecado. Por lo tanto, al estar la sociedad y la moralidad de la época en consonancia con esta visión, la búsqueda de los servicios de una prostituta no eran malignos como tal sino que podrían evitar males muchos mayores siempre y cuando no se hiciesen por el mero goze del cuerpo.

El trabajo de las prostitutas estaba también regulado y se cuidaba mucho que no fuesen confundidas con lo que se consideraban “mujeres honestas” y por lo tanto no podían llevar velos o vestidos largos, reservados para las féminas “de buenas costumbres.”

Los cambios económicos que comenzaban a vislumbrarse en la Sevilla del dieciseis tras la apertura de las rutas comerciales con las Indias a la que muchos varones de familia acudían a buscarse la vida, combinado con una legislación favorable a la existencia de la prostitución como recurso de vida, facilitó que muchas mujeres comenzasen a dedicarse a este trabajo y su número aumentase considerablemente. Este florecimiento se vio favorecido no solo porque a las mujeres les quedaban pocas de ganarse la vida sino porque además, favorecia el crecimiento del mercado y la generación de riqueza para los proxenetas que explotaban a las jóvenes prostitutas, arrendatarios de viviendas convertidas en burdeles o vendedores y arrendatarios de piezas de segunda mano.

Como se ha dicho anteriormente, el intento de controlar el trabajo sexual siempre estuvo ahí, el temor principal eran el perjuicio moral para las estructuras y moralidad tradicional o la difusión de enfermedades venéreas como la que tuvo lugar con epidemia de sífilis de 1568, conocida como “Contagio de San Gil,” por la zona en la que comenzó a extenderse. 

Dentro de la prostitución ejercida al margen de los burdeles encontramos diversos tipos de trabajadoras, en primer lugar, existían las llamadas “mujeres enamoradas” que eran el equivalente a lo que se conoce como queridas o mantenidas y que mantenían una relación adultera con un hombre casado al margen de su matrimonio.

Por otro lado encontrabámos también a las cantoneras o prostitutas callejeras, que realizaban su trabajo en callejones o visitando la casa de sus clientes. Habitualmente eran acompañadas de elementos poco deseables de la sociedad, aunque no era raro que señoritos acaudalados las visitasen.
Pese a los intentos por controlar a estas “malas mujeres” el trabajo sexual no dejo de realizarse y lejos de ser llevado a cabo únicamente por forasteras, también era realizado por madres de familias pobres que encontraban en la venta de placer carnal un recurso para la subsistencia de la economía familiar. Las legislaciones solo servirían para segregarla y no para evitar que esta estrategia de subsistencia fuese llevada a cabo.

De entre todos esos intentos por controlar a estas “mujeres de moral distraida” destaca quizás la labor del padre León, un jesuita que puso un gran empeño en alertar a meretrices y clientes sobre el supuesto peligro que corría su alma. El Padre León solía apostarse en las puertas de los burdeles para así cazar a potenciales clientes o se encerraba en los estos para dar sermones sobre la peligrosidad de la búsqueda del placer carnal entre los muslos de aquellas “mujeres perdida.”

Sin lugar a dudas, la extensión del que muchos llaman “el oficio más antiguo del mundo” trajo de cabeza a los adalides de la moralidad, mientras que la sociedad en general, toleraba y aceptaba la existencia de este oficio que no era si no que eran la respuesta a unas condiciones económico-sociales determinadas.

Bibliografía

-Perry, Mary Elizabeth; Crime and society in early Modern Seville. Lost women. The Library of Iberian resources online. 1980

-Pozo Ruiz, Alfonso; Prostitutas de mancebía: izas y rabizas. Historia de Sevilla en el siglo XVI. Alma mate hispalensis 2005

-Ibid; El Padre León y las prostitutas

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